Aquellos que conocieron al músico húngaro (1881-1945) ofrecen estimaciones diversas, e incluso contradictorias, sobre su personalidad. Sin embargo, todos coinciden en considerar que Béla Bartók era una persona íntegra. El poder, el amor, el dinero o la posición social no podían corromperlo, señala Malcolm Gillies (1), musicólogo y lingüista australiano, y especialista en la obra del compositor húngaro.
De igual manera, el músico y divulgador español Fernando Palacios habla de su honestidad inquebrantable y de su responsabilidad en la creación (2). Esta actitud vital de Bartók se puso de manifiesto de forma nítida ante el nazismo. Se negó, incluso, a que sus obras fueran interpretadas en los conciertos nazis, y, puesto que su situación en Hungría se hacía cada vez más dura, tuvo que exiliarse en Estados Unidos, donde falleció en 1945.
Su música, significativa de las vanguardias musicales del siglo XX y que puede resultar difícil de escuchar, es muy diversa: conciertos (para piano, violín, viola, cuerda, percusión, celesta), ópera, ballets, música de cámara, obras para piano… y una extraordinaria labor de recopilación del folclore (húngaro, rumano, servo-croata), que llevó a cabo junto a su amigo, el también músico húngaro, Zoltán Kodály.
[En la interpretación del propio compositor]
(1) Malcolm Gillies, El mundo de Bartók, Adriana Hidalgo editora, Buenos Aires, 2004, pág. 5. (2) Fernando Palacios, programa de Radio Clásica Abecedario de Bartók (15/10/2011 – El oído atento).