Shostakóvich: arte, terror y complejidad

Al parecer en algunos lugares de Europa se ha desprogramado algún que otro concierto, o algún que otro evento cultural, por tener como protagonistas a escritores o artistas rusos. Y hablamos, por ejemplo, de músicos como Tchaikovsky.

Pensando en esta cerrazón estúpida y, por supuesto, en la situación de Rusia, anulada la libertad de expresión, encarcelada la disidencia, o hecha desaparecer, con gente joven que sale del país, porque allí la vida se hace insufrible, he vuelto a la figura de Shostakóvich, a lo que sufrió bajo la dictadura de Stalin, y a la incomprensión que muchos artistas y ciudadanos occidentales mostraron hacia él: despreciaban su arte porque pensaban, con una simpleza cruel, que no podía ser un buen compositor quien no había sido desterrado o aniquilado por el estalinismo.

Shostakóvich escribiendo

Y este pensamiento me ha llevado a recordar la extraordinaria novela de Julian Barnes, El ruido del tiempo, en la que el escritor británico narra la tensión constante y terrible entre la necesidad creadora del compositor y el poder terrorífico de la dictadura estalinista.

En un artículo, escrito en 2016, Barnes explica cómo Shostakóvich fue el compositor más célebre de la Unión Soviética durante medio siglo, (…). Pero también fue el compositor que, en toda la historia de la música occidental, más tiempo pasó acosado y perseguido por el Estado: desde las pequeñas injerencias caprichosas hasta las más crudas amenazas de muerte, pasando por un hostigamiento continuado”.

(…) Además, Shostakóvich no solo fue criticado, despreciado e incluso ridiculizado en su país. Su caso hizo mucho ruido durante varias décadas. Si un Estado comunista declaraba que alguien era un artista ejemplar, en Occidente muchos –independientemente de cuál fuera la verdadera realidad- suponían de forma automática que no podía ser bueno. (…) Esta actitud fácil, perezosa y maniquea podía también convertirse en algo más siniestro: la expectativa, incluso el empeño (occidental) de que el artista (en el Este) plantara cara al Estado, lo condenara, fuera un héroe, cuando ser un héroe solía significar ser un mártir”. [*]

Puede resultar más fácil una conclusión rápida y simple, pero puede ser también dañina y cruel. Puede ser, y es, desde luego, más complicado, costoso, incómodo, e inquietante las más de las veces, aceptar que los hechos y las personas que se enredan, que nos enredamos, en ellos son, somos, muy complejos. Y hemos de marchar así por el mundo, con lo puesto, que es mucho y poco a la vez. Pero mejor despacio que con prisas. No vaya a ser que tropecemos demasiadas veces, y hagamos que, con nosotros, caigan otros también.

Las sinfonías de Shostakóvich son extraordinarias, sinceras y leales con una realidad dura y trágica, la suya y la de tanta gente, pero he preferido elegir aquí esta delicada pieza, el 2º movimiento (Andante) de su Conciero para piano nº 2, interpretado por el propio compositor.

[*] Julian Barnes, Shostakóvich, entre el arte y el poder, El País, 07/05/2016

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